03 d’octubre 2006

EXCURSIÓN A LA ALPUJARRA GRANADINA


El Jueves 28 en vista de que no teníamos nada que hacer de matrícula o beca hasta que llegaran los papeles, decidimos irnos de excursión a las Alpujarras, que es a Sierra Nevada, lo que el Prepirineo al Pirineo, o lo que els collons del Mongó al Mongó.


Decidimos hacer una ruta de “dificultad baja” que pasa por los tres pueblos del valle del río Poqueira: Pampaneira, Bubión y Capileira. Escogí esta ruta de la guía de itinerarios por Sierra Nevada (que me regaló mi maravillosa madre) porque era muy sencilla (poco más de 10 Km. con unos 400 m de desnivel) y estábamos muy desentrenados, porque se podía acceder a la zona con un bus y porque pasaba por Capileira, pueblo en el que cuando vinimos hace años a Granada (aprovechando unas Fallas) pasamos una noche nevada nuevamente con Lucía y Jessica.


Tras ponerme yo muy pesado con que quería estar en la estación de autobuses no más tarde de las nueve de la mañana, acabamos llegando a las diez… por suerte, porque el primer autobús salía a las 10.30. Lo que por otra parte era muy tarde...
Pagamos más de 17 € por dos billetes de ida y vuelta y empezamos el ascenso por el puerto de montaña, ascenso que a Nuria casi le cuesta una potada, no se si por emular al ya archiconocido “vomitón de las rastas”.


La ruta comienza en el pueblo que está a menor altura de los tres (Pampaneira) y atravesándolo asciende hacia el tercero (Capileira) atravesando también el otro pueblo. Una vez ya en Capileira (el más alto de los tres) el camino asciende un poco más hasta atravesar el río Poqueira y descendiendo por el margen opuesto llega hasta la altura del primer pueblo, donde tras volver a cruzar el río se puede coger el autobús de vuelta.
Llegamos casi a las 13.00 y el último bus para volver salía a las 18.30, la guía calcula unas tres horas y media sin contar con el tiempo de los paseos por los pueblos llenos de cosas típicas, entre las que destaca la gastronomía y las jarapas (esas mantas gordísimas tradicionales… ) y por los que es muy difícil no dejarse perder.
Por esto y conociéndonos a mi me pareció casi imposible hacer la ruta entera si no corríamos un poco, así que me dediqué a espolonear la marcha cuando las fuerzas me lo permitían.



[Como muestra un botón, una foto de Nuria ascendiendo por una callejuela de Pampaneira y de ambos en Bubión junto a una de las muchas fuentes que traen el agua de Sierra Nevada a estos pueblos]


Durante la ascensión Nuria “la recolectora” siguió haciendo de las suyas y pese a mis gruñidos de desaprobación (que puedo decir… ¡me encanta renegar!) nos llenamos las mochilas con castañas, nueces, hierva buena y manzanas; estas últimas, evidentemente, no crecían de manera silvestre, guiño guiño.



[Sin más mapa que el de la guía igual nos perdemos, pero de hambre no moriremos. Almorzando y recolectando]


Con la ascensión empecé a consultar más profundamente el mapa y me di cuenta de algo que no tardaríamos en comprobar Nuria y yo en nuestras propias carnes: Los cuatrocientos metros de desnivel se hacían casi todos de golpe y además en un tramo del camino muy corto, primero se descendían 200, para luego remontar 300. Ya os podéis imaginar que el que suscribe, ahora mismo tiene el culito un poco más duro y los gemelos destrozados.



[Entre muchas de las curiosidades de la excursión descubrimos una especie de refugio que había gastado un amigo que no sabíamos ni que había estado alguna vez aquí.]


Finalmente tras la torturante subida (que no tortuosa, porque era casi recta) llegamos a Capileira, donde comimos nosotros y un perro que nos mendigaba fuet.
Allí Nuria aprovechó para retomar su amor perruno y hacer algunas fotillos de la fauna típica del lugar, como mariposas, abejas y gallos de madera…



[Si en Monfragüe había vacópodos, en Capileira hay gallópodos]


Al final y con mi ya mencionada preocupación por el tiempo (parecía el conejo blanco de Alicia en el pais de las maravillas, pero sin un pederasta narrando) emprendimos de nuevo el camino que descendería hasta el río, cruzaría, remontaría un poco el otro lado del valle y nos llevaría de vuelta al primer pueblo.
Pero resulta que el perro nos seguía todo el camino muy alegre, así que sabiendo que no nos lo íbamos a quedar y no queriendo alejarlo más del pueblo tuvimos que protagonizar una de esas escenas de las películas de Lassie y similares insultando al perro con los ojos llorosos y chutando piedras del camino “¡vete, vete, ya no te quiero!” para que se vaya dolido y no se vea perjudicado.



[Nos quedamos con el recuerdo de Nuria alimentando al perro en el pueblo]


El descenso al puente como podéis ver y ya he dicho, era bastante empinado. El puente que cruzaba el Pampaneira tampoco es que fuera gran cosa, pero bajar allí nos costó lo nuestro.



[Aquí se puede ver el puente desde donde estábamos y a Nuria cogiendo valor para saltar al camino en un punto en que lo habíamos perdido de vista, pero pasaba claramente barranco abajo]


Uno de los mejores momentos de ese descenso fue precisamente al perder el camino ya que nos pusimos a bajar no bosque a través sino campo a traviesa y vimos una cabra montesa (Capra hispanica) madre con su cría a no más de cinco metros. La putada es que entre que sacamos la cámara y tal ya se estaba escapando.



[Bueno, con un poco de confianza en mi, aquí podéis ver al animalillo]

El descenso xino-xano nos fue entreteniendo (bueno, vale, igual no es el camino el que nos entretiene sino nosotros los que nos emparramos con una mosca) con todas esas cosas raras o curiosas que tiene la naturaleza. Aunque algunas (como animalillos y tal) deberían ser menos raras.



[Podemos ver a Nuria mirando los prismáticos (no, lo curioso no es Nu, es lo que no sale en la foto, un halcón) y a Nuria haciendo el Moonraker (ahora lo curioso sí es Nuria o el efecto que conseguí con la cámara)]


El camino, pese al pronunciado desnivel (nuevamente subíamos y bajábamos continuamente cuestas muy empinadas quedándonos prácticamente a la misma altura) tenía mucho encanto ya que alternaba zonas completamente secas y pobladas con poco más que algunas gramíneas con zonas muy húmedas (al paso de algún barranco o riachuelo afluente del Poqueira) con castaños, chopos y robles y otros árboles que sumamos a la lista de cosas curiosas.



[Aquí tenéis nuevamente a Nuria, esta vez con un arbol de tronco amarillo]


En uno de esos descansos a la sombra de un castaño al lado de un torrente nos encontramos con una especie de vómito mutante.
–¿Es impresión mía o en este blog se habla mucho de vómitos?-
Nuria que como habréis ido deduciendo de mis comentarios cada vez está más familiarizada con los vómitos (o los vomitones) se armó de valor y se aproximó a el ente.



[Aquí podéis ver a la valiente (o enamorada) Nuria aproximándose al vómito silvestre, que no es otra cosa que una masificación de bacterias rojas ferruginosas]


Después de esto, terminamos el último descenso y con pies, gemelos y piernas hechas polvo (y con el culito algo más duro que al principio, gracias al Carlos’ Style) descansamos a la sombra de una gran roca junto a una cascada del Poqueira que estaba justo tras volver a cruzar este río, volviendo así al margen del Poqueira desde el que había partido nuestra excursión; a solo un par de kilómetros de Pampaneira, nuestro origen y destino en este viaje.
-¡Toma! Es que cuando me pongo tontorrón no hay quien me gane-



[Aquí podéis vernos a Nuria, tuki y yo felizmente reventados]


Llegamos al punto donde teníamos que coger el autobús más de media hora antes (¡¡Increíble!!) así que aprovechamos para visitar un par de tiendas de recuerdos y cosas típicas y para beber agua en una fuente muy especial.



[Si Nuria no lee los carteles de las fuentes acabará emparejada antes de lo que cree]


Bueno, sobretodo estuvimos sentados descansando y mientras Nuria hablaba por el mobil yo hice un amigo de 7 años residente en Pampaneira que me pegó con su dinosaurio de juguete llamado Patricia.
La vuelta en autobús sin más problemas y el merecido descanso por la noche muy reparador (aunque como ya he comentado me acosté tarde por escribir el texto del blog).

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